Moneda romana de plata con el perfil de un emperador sobre una superficie de piedra, mientras un hombre con túnica contempla una ciudad antigua iluminada por el atardecer.

Al César lo que es del César… ¿y a Dios qué le estamos dando?

Una moneda, una pregunta malintencionada y una respuesta de Jesús que sigue cuestionando nuestra relación con el poder, el dinero y la conciencia.

Domingo 18 de octubre de 2026 XXIX Domingo del Tiempo Ordinario · Ciclo A Jornada Mundial de las Misiones (DOMUND)

Lecturas litúrgicas

  • Primera lectura: Isaías 45,1.4-6.

  • Salmo responsorial: Salmo 95 (96),1.3.4-5.7-8.9-10.

  • Segunda lectura: 1 Tesalonicenses 1,1-5b.

  • Evangelio: Mateo 22,15-21.

Una moneda que escondía una trampa

La escena parece sencilla. Un grupo se acerca a Jesús y le pregunta si es lícito pagar impuestos al emperador romano.

Pero detrás de aquella consulta había una trampa política y religiosa.

Si Jesús rechazaba el impuesto, podía ser acusado de rebelión contra Roma. Si lo aprobaba sin reservas, podía perder credibilidad ante quienes sufrían la dominación imperial.

Jesús pide una moneda y formula una pregunta inesperada: ¿de quién son la imagen y la inscripción?

La respuesta conduce a una enseñanza que supera ampliamente la discusión sobre los impuestos.

Para comprenderla, las otras lecturas nos ayudan a descubrir quién ejerce la verdadera autoridad y cómo debe responder una persona creyente.

Primera lectura: Dios también actúa fuera de nuestras fronteras

Isaías 45,1.4-6

El profeta presenta una afirmación sorprendente: Dios llama a Ciro, rey de Persia, su ungido.

Ciro no pertenecía al pueblo de Israel ni compartía su fe. Sin embargo, el texto interpreta su actuación histórica como instrumento del proyecto divino.

Tras la conquista persa de Babilonia, se abrió el camino para el retorno de los exiliados judíos y la restauración de su comunidad.

El mensaje es profundo: Dios no está limitado por las fronteras políticas, culturales o religiosas que establecen los seres humanos.

Incluso un gobernante extranjero puede desempeñar un papel dentro de su providencia.

Esto no significa que todas las decisiones de un gobernante estén aprobadas por Dios. Significa que la historia humana no escapa a su soberanía.

Isaías insiste en que no existe otro Dios fuera del Señor.

Ningún imperio, por poderoso que parezca, puede ocupar su lugar.

Salmo: la gloria pertenece al Señor

Salmo 95 (96),1.3.4-5.7-8.9-10

El salmista invita a todas las naciones a reconocer la grandeza de Dios.

Su alabanza tiene una dimensión universal: la creación entera está llamada a reconocer al Señor como rey y juez justo.

Este salmo complementa la lectura de Isaías.

Los gobiernos y las estructuras humanas pueden ejercer autoridad, pero ninguna posee un poder absoluto.

La gloria última pertenece a Dios, cuya justicia constituye una referencia superior a los intereses de cualquier nación.

Segunda lectura: una fe que se convierte en obras

1 Tesalonicenses 1,1-5b

Pablo, junto con Silvano y Timoteo, expresa su gratitud por la comunidad cristiana de Tesalónica.

Recuerda tres características de aquellos creyentes: una fe activa, un amor que se esfuerza y una esperanza perseverante en Jesucristo.

Estas virtudes no aparecen como ideas abstractas.

La fe produce acciones. El amor implica trabajo y entrega. La esperanza permite permanecer firmes en medio de las dificultades.

Pablo también recuerda que el Evangelio llegó a ellos no solamente mediante palabras, sino con la fuerza del Espíritu Santo.

La vida cristiana, por tanto, no consiste únicamente en reconocer la autoridad de Dios. Implica demostrar esa fidelidad mediante decisiones concretas.

Evangelio: la imagen del César y lo que pertenece a Dios

Mateo 22,15-21

Los discípulos de los fariseos y los partidarios de Herodes presentan a Jesús una pregunta cuidadosamente preparada.

Jesús reconoce su intención y pide que le muestren la moneda utilizada para pagar el impuesto.

En ella aparece la imagen del emperador.

Su respuesta distingue dos realidades: las obligaciones que corresponden al orden civil y aquello que pertenece a Dios.

Sin embargo, Jesús no está proponiendo una separación absoluta entre la fe y la vida pública, ni concediendo a los gobernantes autoridad ilimitada.

La moneda lleva la imagen del César. Pero, según el relato de la creación, el ser humano lleva la imagen de Dios.

Esta relación entre ambos textos ofrece una interpretación teológica especialmente significativa: podemos tener responsabilidades legítimas ante la sociedad, pero nuestra dignidad y nuestra conciencia no pertenecen a ningún poder político.

El hilo conductor: ninguna autoridad ocupa el lugar de Dios

Isaías muestra que incluso los grandes gobernantes están sujetos al proyecto divino.

El salmo proclama que la gloria pertenece al Señor.

Pablo recuerda que la fe debe manifestarse en obras.

Y Jesús enseña a distinguir las obligaciones civiles de nuestra fidelidad última a Dios.

Podemos entregar al mundo nuestro trabajo, nuestros impuestos y nuestras responsabilidades; pero nunca debemos entregarle el lugar que solo Dios puede ocupar en nuestra conciencia.

Una enseñanza para nuestra vida actual

Cumplir nuestras obligaciones ciudadanas, respetar leyes justas y contribuir al bien común forma parte de una convivencia responsable.

Pero también necesitamos discernimiento.

Cuando una autoridad, una organización o una presión social pretende que renunciemos a nuestra dignidad o actuemos contra principios morales fundamentales, surge una responsabilidad de conciencia.

La fe cristiana no nos invita a despreciar la sociedad, sino a participar en ella con justicia, responsabilidad y libertad interior.

¿Qué le estamos dando a Dios?

La pregunta de Jesús no termina en una moneda romana.

También nos alcanza cuando decidimos qué lugar ocupan el dinero, el reconocimiento, el poder y nuestras convicciones.

¿Estamos dedicando tanto esfuerzo a cumplir las exigencias del mundo que hemos descuidado nuestra relación con Dios y el compromiso con los demás?

Esta semana podemos comenzar con una acción concreta: cumplir responsablemente un deber pendiente y reservar tiempo para una obra de amor, servicio o reconciliación.

Porque dar a Dios lo que es de Dios significa reconocerlo no solamente con nuestras palabras, sino también con la manera en que vivimos.

Fuentes

  1. Papa León XIV — Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2026.

    Vatican

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